Aviones para combatir el cambio climático


Se siguen ideando métodos de lucha contra el cambio climático que sorprenden a propios y extraños. Pero si la humanidad no reduce sus emisiones de carbono, que es tanto como decir su dependencia de los combustibles fósiles, los remedios serán parciales y, a la postre, poco efectivos.

Uno de estos métodos es dispersar partículas reflectantes en la troposfera. Los grupos ecologistas opinan que puede ser peor el remedio que la enfermedad. ¿Y cómo se dispersarían estas partículas? Los científicos barajan hasta seis posibilidades, entre las que se encuentra crear una flota de aviones diseñados para dicha misión.

Investigadores de las universidades de Harvard y Carnegie Mellon, junto a la empresa Aurora Flight Sciences, han elaborado un informe sobre sistemas de gestión de la radiación solar. Han tenido en cuenta la viabilidad técnica y los costes económicos. Se trata de llevar toneladas de aerosoles hasta la troposfera, a una altitud de unos 20 kilómetros.

En realidad, este método se basa en un fenómeno natural: la disminución de la temperatura que se produce a causa de las nubes de las erupciones volcánicas. Los científicos han ensayado en laboratorio sistemas para recrear esta pantalla protectora. El proyecto SPICE (Inyección Estratosférica de Partículas para la Ingeniería Climática, por sus siglas en inglés) ha sido el que ha llegado más lejos. En 2011, expertos de cuatro universidades británicas iban a elevar una enorme manguera en el cielo que pudiera esparcir partículas reflectantes. En el ensayo sólo iban a echar agua, pero una campaña ecologista consiguió que se suspendiera la prueba.

El nuevo estudio se ha limitado a analizar la viabilidad de seis tecnologías desde el punto de vista de la ingeniería y su coste económico. Desde la formación de una flota de aviones hasta el uso de cañones, pasando por varios dirigibles. El sistema más viable, en la actualidad, parece ser la fabricación de aviones de nuevo diseño, ha explicado Jay Apt, director del Centro para la Industria Eléctrica de la Carnegie Mellon y coautor del estudio. El uso de cohetes o cañones tiene un elevado coste.

Los aviones desplegarían sus alas una vez llegados a esos 20 kilómetros de altitud. Después, ya dispersadas las partículas, replegarían las alas y caerían al suelo.

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