La incapacidad de reducir las emisiones del transporte

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La sociedad, especialmente la economía, no puede funcionar sin transporte. Pero los medios de transporte tienen un elevadísimo coste medioambiental: es la segunda industria con mayor impacto en el calentamiento global. Es urgente cambiar esta situación, el sistema de transporte mundial insostenible, contaminante e injusto.

No se trata de poner trabas al desarrollo económico, social y cultural de los países, de las comunidades, de las empresas o de las personas, pero sí de proteger el entorno. La eficiencia y la sostenibilidad deben ser el centro de la política de movilidad, tanto urbana, como nacional o internacional, de pasajeros y mercancías.

La industria del transporte es el sector que más descontrolado se encuentra respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI): casi ha duplicado las emisiones de dióxido de carbono (CO2) desde 1990, además, a un ritmo que duplica las demás industrias.

Las medidas propuestas para solucionar este grave problema siempre han ido en la dirección de una progresiva limitación de la dependencia al petróleo. En teoría. En la práctica, incluso los ministros de transporte de los 51 países miembros de la OCDE admiten de forma unánime que falta determinación a la hora de impulsar políticas útiles.

Ha habido algunos intentos legislativos, como el Plan Integral de Automoción o la Estrategia de Movilidad Sostenible, pero España no es una excepción en la tendencia global. No se rompe la tendencia en el consumo de energía, la emisión de gases de efecto invernadero, la generación de costes externos o la falta de colaboración de los ciudadanos.

El sector del transporte representaba, en 2009, el 25% del total de las emisiones de CO2 en España. Ese porcentaje se situaba en el 20% en 2008. En otras palabras, el peso relativo de la industria sobre el cambio climático ha aumentado. El transporte por carretera y, en especial, el de mercancías, es el que genera una mayor cantidad de emisiones y un crecimiento exponencial más elevado. Después, el tráfico aéreo y el marítimo.

La solución: nuevas tecnologías

Las mejoras tecnológicas han permitido importantes ahorros energéticos y una significativa reducción de las emisiones contaminantes en todos los modos de transporte, según explica el profesor de la Universidad Politécnica de Madrid, Ángel Aparicio. Pero, que los vehículos y las infraestructuras no hayan sufrido modificaciones radicales en su aspecto externo no deja ver al ciudadano que unos y otros incluyen multitud de componentes sumamente sofisticados: nuevos materiales, sistemas informáticos de control, composición del combustible, etc., que, en conjunto, contribuyen a una mayor eficiencia energética.

No obstante, queda un largo camino por recorrer. El uso de las nuevas tecnologías podría reducir un 2,4% el total de emisiones previstas de CO2 para el 2020 en Europa, lo que supondría una reducción de 113 millones de toneladas y un ahorro en el consumo energético europeo de 43.000 millones de euros, según un estudio llevado a cabo por Vodafone y la consultora Accenture.

Uno de los métodos para alcanzar ese objetivo es sustituir actividades físicas por virtuales. El teletrabajo, la administración electrónica o las conferencias y reuniones a través de internet pueden desempeñar un papel esencial en la lucha contra el cambio climático.

El otro gran problema es el coche. Una sociedad construida alrededor de los vehículos. El coche no es sólo el medio de transporte más usado. Se ha convertido, debido a la publicidad, en un símbolo de libertad, independencia, éxito y prestigio social. Son atributos que aún persisten con fuerza en el imaginario de muchas personas. En las ciudades, suponen un aumento del consumo de energía, un incremento de la contaminación, una creciente pérdida de calidad del aire y sus efectos negativos sobre la salud, la invasión del espacio público y altos niveles de ruido. El coche ya no es prosperidad y estatus. Es una aberración medioambiental. Es el símbolo del individualismo, de la renuncia a la cooperación social y de la pérdida de bienestar.

Sólo en el año 2010, más de 600 millones de coches circularon por todo el planeta. No es sostenible ni igualitario. No es un tipo de transporte que puedan usar los más de 6.000 millones de personas que habitan el planeta. Además, hay que contar con los efectos perniciosos en la salud y en la calidad de vida de los ciudadanos, especialmente, en las ciudades. Se impone un uso inteligente y sostenible del automóvil.

Hay que desarrollar políticas que limiten el uso y el acceso del coche en las ciudades, que apuesten por el transporte público de calidad, el uso de la bicicleta y los sistemas de coche compartido.

En España, se promociona el uso de la bicicleta en algunas ciudades, como Barcelona o Sevilla, mientras que, en Madrid, la ciudad más poblada y con más problemas de tráfico y contaminación, da la espalda al medio de transporte que más beneficia al medio ambiente y a la salud de los ciudadanos.

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