El calor que absorben los océanos, una bomba de relojería para el clima

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Mar azul
Además de ser sumideros de carbono, los océanos también se comportan como una auténtica esponja a la hora de absorber calor. ¿Una ventaja o un inconveniente de cara al calentamiento global?

Responder a la pregunta no es fácil. Por una parte, no cabe duda de que un planeta que ha aumentado su temperatura promedio se beneficia de este fenómeno natural. Se trata, en suma, de un comportamiento que forma parte de su función como regulador de la temperatura del planeta.

Creciente absorción de calor

Según revela un reciente estudio publicado en la revista Nature Climate Change, su poder de absorción alcanza el 90 por ciento del calor adicional provocado por el calentamiento global.

Sin embargo, este ciclo que regula la temperatura ha manifestado una creciente absorción del calor en los últimos años. En concreto, los océanos han absorbido tanto en las últimas dos décadas como desde 1865 hasta entonces. Es decir, la mitad del calor absorbido desde 1865 se ha producido desde 1997, siempre según la investigación, llevada a cabo por el Laboratorio Laurence Livermore de California, en Estados Unidos.

Absorber el calor no significa hacerlo desaparecer, lógicamente. Una parte de él se emite durante la noche, como parte de ese efecto regulador del clima, pero su mayor parte queda acumulado en el agua. Esta circunstancia, unida a la absorción masiva de calor detectada en los últimos años, se considera peligrosa. De acuerdo con John Shepherd, investigador británico, ese poder de absorción puede acabar representando un grave riesgo difícil, si no imposible de evitar.

Sin negar que absorber calor supone reducir el calentamiento de la atmósfera, en el futuro ese calor acabaría alterando el clima. Básicamente, Shepherd plantea que ese calor podría modificar la circulación de las corrientes marinas y atmosféricas. Unas variaciones que supondrían cambios en el sistema climático.

A su vez, si fuesen las masas de agua más profundas las que se movieran hacia la superficie (suponen un tercio del calor captado) propiciarían una restitución del calor a la atmósfera. Devolverlo, por lo tanto, aumentaría las temperaturas, dispararía su avance y, con él, los eventos extremos.

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