La agricultura baja en carbono puede ser un buen negocio

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El cambio climático es una realidad. Y tanto si se quiere como si no, hay que hacerle frente. Sobre todo, desde las decisiones económicas. A partir de aquí, la situación se puede tomar como un obstáculo o como una oportunidad. Quien tenga una correcta visión empresarial y económica, no sólo ayudará al medio ambiente, sino que, además, podrá sacar un beneficio económico de todo ello. Doble ventaja, pues.

Los mercados europeos ya están viendo las orejas al lobo. Sólo que se toman su tiempo para adaptarse a lo nuevo (y eso que no queda mucho tiempo antes de que sea demasiado tarde). La política de la Unión Europea parece algo más sensible al asunto y quiere encaminar sus planes hacia la lucha contra el cambio climático, pero, por desgracia, las directrices que marca el Ejecutivo europeo tardan tiempo en reflejarse en las acciones concretas puestas en marcha por cada Estado miembro.

El camino, pues, es llegar a una sociedad más verde. Y esto pasa, fundamentalmente, por una economía más verde. Cada vez va a cobrar más importancia la sensibilidad con el medio ambiente de todo bien y servicio y, en especial, una huella de carbono que sea mínima. La agricultura no es ajena a esta tendencia. Algunas regiones europeas se han percatado de la situación y apoyan la agricultura como sumidero de dióxido de carbono. Es el camino que está tomando la Región de Murcia, en España.

Tanto la producción agrícola como la forestal dejan su huella de carbono. Pero, al mismo tiempo, son actividades que la reducen al captar CO2 en los árboles, en los cultivos, en las plantas. Por tanto, minimizar la huella de carbono puede ser premiado en la futura política agraria de la Unión Europea. De momento, existe un vacío legal, así que no queda otra que unificar las metodologías para evitar incertidumbres y calcular la huella de carbono con el objetivo de que todos los análisis realizados se midan con el mismo método.

El cambio climático y las preocupaciones medioambientales ya no pueden ignorarse desde la política agraria europea. En un futuro, esperemos que no muy lejano, será beneficioso para el consumidor y para la empresa saber el impacto medioambiental que genera el proceso de elaboración de cualquier bien o servicio, en especial, conocer la emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI).

El poder de los consumidores

En el otro lado están los consumidores, cada vez más responsables y más sensibles a los productos que respetan el medio ambiente y no contribuyen al cambio climático. Los consumidores tienen el poder y adaptarse a sus preferencias puede ser muy beneficioso para las empresas. Sólo hay que ofrecerles información veraz y completa para que puedan ejercer su poder en la compra de cada día. Así, los productos ecológicos, así como los productos con una reducida huella de carbono pueden ser cada vez más valorados.

Grandes grupos de distribución ya se están dando cuenta de que todo esto supone un negocio que no hay que desaprovechar. Europeos, como el británico Tesco, o estadounidenses, como Wal-Mart, hace tiempo que comenzaron a exigir a sus proveedores que, junto a otros etiquetados como el de la composición o el de la nutrición, en el caso de los alimentos, también incluyan datos como la huella de carbono que genera el producto o si son o no ecológicos.

Siguiendo esta línea, algunas de las empresas agroalimentarias murcianas que exportan sus productos a las grandes cadenas de supermercados del norte y del centro de Europa han comenzado a etiquetar en sus productos la cantidad de emisiones de gases efecto invernadero que generan en la producción de sus alimentos.

Por su parte, la Consejería de Agricultura y Agua de Murcia, ha lanzado una iniciativa (la iniciativa “agricultura murciana como sumidero de CO2”) que incluye un sello denominado Less CO2 (menos CO2) que certifica ambientalmente a las empresas que voluntariamente han puesto en marcha diferentes medidas para reducir la huella de carbono de sus alimentos.

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