Efectos del cambio climático sobre el café


Los cafeteros latinoamericanos temen el cambio climático. En algunas de las regiones donde se consigue el mejor café del mundo, los responsables de los cultivos de café miran el cielo y el termómetro, preocupados. Hace una o dos décadas, en Nicaragua, llovía casi todo el año, entre nueve y diez meses. En la actualidad, sólo lo hace entre seis y siete meses. Al norte de la capital, Managua, una cooperativa reúne a unos seiscientos pequeños productores de café que están preocupados por el futuro del sector.

La variación en las precipitaciones no es el único cambio. También ha aumentado la temperatura, lo que favorece el desarrollo de algunas plagas. Estos cambios no son exclusivos de Nicaragua. Otros países donde se cultiva café en Latinoamérica sufren parecidos cambios meteorológicos.

El cambio climático afecta negativamente al rendimiento y a la calidad del café. Algunos productores han optado por moverse a zonas más altas y así compensar el incremento de la temperatura. Así lo señala Peter Laderach, del Porgrama de Decisión y Análisis de Políticas del CIAT, el Centro Internacional de Agricultura Tropical, con sede en Cali, Colombia.

Laderach y su colega Andrew Jarvis, experto en cambio climático, agricultura y seguridad alimentaria, han investigado el efecto del cambio climático en cultivos de Nicaragua, Colombia y otros países de la zona. También trabajan junto a los productores para llevar a cabo estrategias de adaptación.

El café es uno de los cultivos más sensibles al cambio climático. Requiere temperaturas de entre 17 y 22 grados. Para que dé un buen rendimiento y una buena calidad, la temperatura debe ser estable. En un país como Nicaragua, se puede perder el 80% de los cultivos de café en 2050. Tomar medidas de adaptación es casi una obligación.

Además, se producen más plagas y éstas son más difíciles de controlar. Se están produciendo enfermedades como la antracnosis (Collectotrichum coffeanum), la mancha de hierro (Cercospora coffeícola), el pellejillo (Pellicularia koleroga) y el ojo de gallo (Mycena citricolor), que producen caídas de hojas y dañan el tejido leñoso de las plantas.

Una de las medidas de adaptación, en este sentido, es plantar árboles que den sombra, pues esto puede compensar unos tres grados de temperatura. También se estudian nuevas variedades más resistentes a la sequía. Quizá haya que dejar de cultivar la variedad Arábica, la que tradicionalmente se ha plantado en Nicaragua, y optar por otra variedad como la Robusta.

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